¿Y qué si somos frágiles?. Notas para omnipotentes y forzudos, Fanny Libertun

El contacto con la fragilidad, la vulnerabilidad y la necesidad de depender de otros puede ser la peor pesadilla para quienes tienden a verse todopoderosos y para quienes no han sido apoyados y sostenidos afectivamente y tuvieron que construir armaduras para auto-sostenerse. En ambos casos, generalmente las personas ya no saben pedir a los demás. Para otros no es tan evidente, pero el sólo contacto con la idea de vulnerabilidad, les provoca una autocrítica sutil pero muy severa, un ruidito en la cabeza que dice: “soy débil…soy tonto…soy nada”.

Toda vida en el planeta requiere del oxígeno, del sol, toda vida depende del equilibrio de la ecología del sitio en el que se desarrolla y todo mamífero sobrevive gracias al atento cuidado y sostén dedicado en los primeros tiempos del nacimiento. Los seres humanos necesitamos del sostén de otros durante muchísimo tiempo, a la vez que de las enseñanzas de otros que saben más, necesitamos atención médica, vínculos de amistad, recursos compartidos y un millón de cosas más.

De todo nos puede pasar en esta vida y en cualquier momento pero si no reconocemos este hecho, nos veremos obligados a imaginar que tenemos que ser omnipotentes. Y luego: ¿Qué otra cosa podríamos decirnos a nosotros mismos cuando nos vemos en nuestras fragilidades desde la imagen de la omnipotencia? Puede hablar una voz sutil y despectiva que nos diga en el oído que somos unos pobres “debiluchos”. En la comparación que hacemos con esta imagen falsa que nos devuelve este espejo, nuestro propio espejo, corremos el riesgo de vernos como personas insignificantes que merecernos incluso nuestro propio desprecio.

¿Por qué somos tan duros con nosotros mismos cuando nos juzgamos por nuestra fragilidad?. En realidad, somos frágiles, blandos, delicados, nos duelen muchas cosas, y muchas de verdad nos hacen mal. ¿Cuántos de nosotros hemos sido educados en los “agujeros del amor” y apenas hemos podido construir una mínima seguridad afectiva que nos permita salir a luchar al mundo con alegría?

A pesar de que en nuestra cultura la independencia es una cualidad valorada, en realidad su exageración nos hace olvidar que desde las hormigas hasta las estrellas, todo aparece y desaparece en una danza compartida. Contrariamente, el que podamos aceptar la dependencia nos pone en concordancia con la realidad. Depender de otros no tiene porqué avergonzarnos, la vergüenza nos priva del placer compartido de preguntar lo que no sabemos, pedir caricias a quienes amamos, pedir ayuda cuando la necesitamos. Además, saber reconocer que esto es cierto para todos, no sólo para nosotros, de modo que tampoco necesitamos ocultar nuestra vulnerabilidad en silencio.

La otra cara de las cosas es análoga, reconozcamos cuánto los demás necesitan de nosotros, cuánto dependen de nosotros. Muchos no se valoran a sí mismos y por consecuencia directa no valoran lo que dan. Los demás nos necesitan, en lo mucho o poco que podamos dar. A veces una palabra, una caricia o sólo un té bien servido son la diferencia para otra persona, la que les permitirá vivir bien el un día entero…¿o más?. Los demás están influenciados por la forma en que los miramos, por nuestros gestos, por nuestro interés acerca de sus circunstancias. ¡Estamos conectados!, por eso al reconocer nuestra importancia para los demás, nos sentiremos mejor nosotros mismos.

Además, el otro costado de la cuestión es cierta, también somos fuertes y hábiles, y también sabemos resolver problemas, superar fuertes crisis, nutrir a los demás de afecto. Se trata de conectarnos también con la imagen de nosotros mismos resolviendo cosas y de apreciar lo maravillosos que somos.

Lo mejor que podemos hacer es aprender a meditar acerca de nuestras propias necesidades, reconocerlas, aprender a pedir, no desvalorizarnos ni desvalorizar a otros que en algún momento ocupan también el lugar de la vulnerabilidad.

© Fanny Libertun

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