Sobre nuestros ancestros: Padres de hierro, Virginia Gawel
Hay padres que no aman. Hay padres que sólo dañan. Hay también padres que aman y lo expresan de las más variadas maneras: abrazan, dicen, cantan, preguntan mirando a los ojos, acompañan desde cerquita, y tienen el “te amo” presto para salir de los labios, entre barbas, bigotes o lampiñamente, pero así, tan fácil como una paloma hace surco en el aire. A esos padres los dejo allí hoy. Los dejo allí, y los abrazo. Pero hoy quiero traer a los padres que sufren una condición singular: los que aman, pero parece que no. Los que crecieron aprendiendo que los hombres no lloraban, que de los temas de afectos se ocupaban las madres. Los que fueron martillados en sus corazones para que no cometieran la torpeza de emitir ternuras a hijos varones, para conservarlos viriles; ni a sus hijas mujeres, porque no sabían dónde poner los cuerpos para dar eso tan raro: un abrazo de padre. Los que recibieron de sus padres, y sus padres de sus padres, y sus padres de sus padres… Una regla emocional muy...