No sé quién te ha enseñado a ser tan exigente. No sé si es necesaria tanta dureza para contigo. No sé si hay alguna posibilidad, por pequeña que sea, de suavizar un poco y concederte la oportunidad de mostrarte un rostro más amable. Intuyo, y creo no equivocarme, que si hubo algún animador de esta conducta, posiblemente hoy se dedique a otras tareas o se encuentre por otros parajes. Sin embargo, tu lealtad sigue viva. Todos aquellos “tienes que ser, hacer, comportarte, pensar, callar…” que “con tan buena intención” te brindaron, hoy están absolutamente obsoletos. Pero tu inercia vital los realimenta. Tu falta de mirada hacia ti, los insufla vida. No te das cuenta, pero gran parte de tus necesidades de aprobación externa ya no son atendidas. Y cuando, a modo de solución, multiplicas la medicina de auto exigencia, no solo no s...