Nasrudin y el avaro
Un día la esposa de Nasrudin le reprochó su pobreza. Si eres un hombre religioso –le dijo-, tendrás que rezar por dinero. Si éste es tu empleo, deben pagarte por él como pagan a los demás. Muy bien, lo haré al pie de la letra. Nasrudin salió al jardín y grito con toda la fuerza de sus pulmones ¡Oh, Dios mío! Te he servido todos estos años sin provecho financiero. Mi esposa dice ahora que se me ha de pagar. ¿Puedo, por tanto, y en seguida, obtener cien monedas de oro de mis salarios atrasados? Un avaro, que vivía en la casa contigua, estaba en aquel momento contando su dinero en la azotea. Pensando tomar el pelo a Nasrudin, le echó a los pies una bolsa que contenía exactamente cien denarios de oro. Gracias –dijo Nasrudin, y entró corriendo en casa. Enseñó las monedas a su mujer, que quedó impresionada. Perdóname –le dijo. Nunca he creído en serio que fueras un santo, pero ahora veo que lo eres. Durante los días que siguieron, el vecino vio que entraban en casa de Mulá toda clase de c...