“¿Dónde está la vida que hemos perdido viviendo?”

Para algunos el niño interior dista mucho de ser inspirador, puesto que apenas es real. Su experiencia infantil ha sido borrada por el dolor y por el tiempo, oscurecida por la racionalidad, expulsada por la ambición o distorsionada por el apremio a crecer y adaptarse.
Son poco los que gozaron de una infancia sin ansiedad, llena de contacto y de participación compenetrada en el mundo de los adultos; una infancia libre y abierta al juego imaginativo o al gozo del esparcimiento; un entorno emocional en el que el hecho de ser vulnerable no era causa de inseguridad. Para muchos, el niño interior es un ser herido y traumatizado, una víctima menoscabada por las experiencias que el adulto prefiere no recordar.
Según la terapeuta infantil Edith Sullwold, el niño de nuestra experiencia “es el niño al que todos deseamos curar para poder recuperar la energía necesaria para nuestra actividad adulta, energía que reside aún en aquellos mecanismos automáticos de defensa que desarrollamos como respuesta a nuestras primeras experiencias dolorosas”.
Hemos jugado y hemos sufrido, hemos crecido y hemos aprendido. La parte joven y vital persiste, aunque en algunos casos sólo se manifieste en un brillo ocasional de la mirada o en cierta entonación de la voz. Mucha gente experimenta de modo inconsciente al niño interior como aquel cuyas necesidades nunca fueron reconocidas ni satisfechas. Esta experiencia, y el anhelo que la acompaña, son fuente de humillación y vergüenza, difíciles de identificar y de compartir. De este modo, el niño puede inhibir las relaciones humanas del adulto.
Siempre que nos ligamos estrechamente a alguien, como ocurre, por ejemplo, en el matrimonio, nos enfrentamos al niño interior, ya que es entonces cuando las heridas afectivas de nuestro pasado se sienten más profundamente. “Esas heridas del alma infantil”, comenta el autor y analista junguiano Robert M. Stein, “dificultan enormemente, cuando no imposibilitan, la posibilidad de establecer contactos humanos íntimos y creativos. En este sentido el niño herido representa también ese aspecto del alma que necesita y exige la unión con el prójimo”.
Es posible sanar al niño herido y, de hecho, es preciso hacerlo si se quiere alcanzar la plenitud. El remedio exige una transformación interior, la adopción de una actitud positiva que apoye y sustente compasivamente al niño interior. En su libro El drama del niño dotado, Alice Miller describe el cambio que se opera durante el proceso curativo:
“Si una persona es capaz… de sentir que de niño no fue nunca “amado” por lo que realmente era, sino por sus logros, sus éxitos y sus buenas cualidades, y que sacrificó su infancia por ese “amor”, padecerá una profunda conmoción, pero algún día deseará poner fin a semejante “amor”. Descubrirá entonces en sí mismo la necesidad de vivir de acuerdo con su “verdadero yo” y ya no se sentirá forzado a conquistar un amor que en el fondo no puede satisfacerlo, puesto que está destinado a un “yo falso” al que ahora ha empezado a renunciar”.

fte:  Fundación C.G Jung de Psicología Analítica

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