Cuando por fin nos damos cuenta, Virginia Gawel

Casi siempre primero hay que quererlo. Como un mecánico que se posesionara por descubrir el dispositivo que hacía que funcionara una antigua máquina que no conoce... como un botánico que anhelara comprender cuál es el secreto para que determinada hierba tenga virtudes curativas prodigiosas... Hace falta, entonces, querer darnos cuenta de cómo somos. Dicen las Psicologías de Oriente que el primer paso, antes de llegar a saber quién se es, es poder saber cómo se es. Pero de verdad! (Pues cuando uno se concibe desde su propia superficie presume de saber ya todo sobre sí. Oscar Wilde decía con ironía que un humano es, en verdad, tan insondable que “sólo los superficiales se conocen a sí mismos.”)
Para saber cómo se es, uno necesita ponerle mucha dedicación a una tarea que requiere pasión y constancia: la de autoobservarse. Observarse a sí mismo parece un acto del intelecto; sin embargo, no lo es: puede empezar por allí, pero poco a poco se va convirtiendo en una actitud de vida que, además de no ser intelectual, va siendo ejercida por otra zona del cerebro que rige las funciones cognitivas superiores (cuya expresión es llamada, en las Psicologías Contemplativas, “Conciencia-Testigo”). De hecho, hacer el intento voluntario y consciente de darse cuenta va entrenando esa zona con tanta contundencia como se entrena en un violinista el área cerebral que rige el sentido musical, o en un matemático el que rige el cálculo numérico. Como toda gimnasia, al principio cuesta: como dice Charles Tart (un psicólogo del enfoque Transpersonal), en la mayoría de las personas la atención es un músculo flácido! Necesitamos fortalecerla. Así, la diferencia en grados de conciencia entre quien procura comprender su propio dinamismo interno y quien, en cambio, vive más como la máquina que como el mecánico, es abismal.
De hecho, cuando nos damos cuenta de lo que hasta ese momento no nos habíamos percatado, un sinnúmero de conexiones neuronales se modifican, tornándose distinto nuestro concepto sobre nosotros mismos, sobre los demás, sobre la vida. Dado que nuestro cerebro tiene una enorme plasticidad, una increíble capacidad de rehacerse, practicar el autoobservarnos conscientemente significa volvernos verdaderos escultores de nuestro cerebro; (por ende, de nuestra identidad!).
Y qué significa “darse cuenta”? La expresión viene, curiosamente, del antiguo ábaco: el viejo contador hecho con bolitas de colores cuyo origen se remonta al Asia Menor, mucho siglos antes de nuestra era. Hasta no hace tantas décadas se lo utilizaba para enseñarle a los niños pequeños a contar.
“Darse cuenta” es el acto por lo cual la cuenta (la bolita) que está a la izquierda, -aún inexistente para quien está contando-, pasa a la derecha y allí sí el contador le da existencia nombrándola con un número. Así sucede con aquello de lo que nos damos cuenta: siempre estuvo allí, pero sólo comienza de verdad a existir como posibilidad de cambio cuando nos percatamos de ello (o sea… cuando lo tomamos en cuenta!). Mientras tanto genera efectos cuyo origen no comprendemos. Una vez que “nos damos cuenta” comienza un profundo proceso de cambio que puede durar un instante… o toda una vida.
Darnos cuenta nos provee de un poder transformador del que carecíamos hasta que, de tanto intentarlo (como intentamos nuestros primeros aprendizajes de niños) nos empieza a pertenecer. Así lo dijo Ronald L. Laing:
”El rango de lo que pensamos y hacemos
está limitado por aquello
de lo que no nos damos cuenta.
Y es precisamente el hecho
de no darnos cuenta
de que no nos damos cuenta
lo que impide
que podamos hacer algo
por cambiarlo.
Hasta que nos demos cuenta
de que no nos damos cuenta
seguirá moldeando
nuestro pensamiento y nuestra acción.”
Virginia Gawel
www.centrotranspersonal.com.ar

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