Parar de pensar, Virginia Gawel


Hay una preciosa expresión en la Psicología del Zen: “Vivir sin cabeza”. Necesitamos ejercerla: que, de a ratos, el pensamiento se vuelva sólo como la música de fondo de una película. Silenciar el pensamiento y abrir los sentidos: ver, escuchar, palpar... percibir lúcidamente. Pensar con hondura es algo noble, mas la rumia mental nos desconecta de lo que está allí. Y "lo que está allí" es nada menos que la Vida: "allí" están los demás (a quienes dejamos de ver, de escuchar, de palpar), la Naturaleza (que olvidamos contemplar, permitir que nos conmueva, retozar en ella...), el entorno diario (que es el escenario en el cual vamos jugando nuestro Destino)...
Pero sobre todo eso: están los que son una invitación a comprender el Amor. Y están aquéllos de quienes deberíamos aprender a cuidarnos. Pero si nos manejamos en el reino de los pensamientos... dejamos de ver quiénes son quiénes! Y terminamos traspolados: descuidando los vínculos sanos, y apegados a quienes nos dañan. Sólo porque nos quedamos anidados en nuestra cabeza, escuchando pensamientos e interpretaciones, en vez de contactar con lo que es.
Percibiendo presentes en el aquí y ahora, aparece también lo más olvidado de todo: nosotros mismos. Y vemos que la vieja expresión “Pienso, luego, existo”, estaba errada: cuando percibimos con plena atención, el pensamiento hasta puede desaparecer, pero sin embargo existimos enteramente. Y existe el otro y todo lo demás. Tal vez eso sea lo que uno se lleve de esta vida: lo que viva percipientemente, y no sus efímeros pensamientos... Así expresó Hugo Mujica (monje trapense, escritor y artista plástico argentino) ese "Vivir sin cabeza" en pleno contacto con la Naturaleza... y consigo mismo:
TIERRA DESNUDA
Hay días en que nombrar no basta
descalzo, salí a sentir la tierra
las hojas
la madrugada fría.
Bajo un árbol inclinado bajo el peso
de tantos vientos
(hueco y reseco
de retorcerse en sus ramas)
me supe vivo:
temblé la escarcha, el misterio, el vacío
y no pude sino caer, abrazar
el tronco
y llorar tanta belleza mezclando mi sal
con la tierra desnuda.
Al caer la tarde
la postrera, callaremos las palabras
con las que enhebramos
los pedazos de la vida.
Cuando llegue la noche
y se nos devuelva el silencio
oiremos al fin el latido.
Virginia Gawel
www.centrotranspersonal.com.ar

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