Un cuento para darse cuenta , Virginia Gawel

Escribí este cuento en 2004 para un programa de radio que en aquél año realizaba. Está basado en algo real que viví yo misma con mi padre. Hoy lo encontré, y quiero convidarlo para quien pueda servirle. Va con mi abrazo!
 
 
 
 
 

      Eran demasiado parecidos: con el enojo a flor de piel. Y, tal como dos combustibles resultan peligrosos de juntar, permanecían estancos, uno al lado del otro, hasta que alguna chispa insignificante los inflamaba. Y, a la hora de la explosión, poco importaba cuál de los dos se había encendido primero: la cosa quemaba, y no era fácil apagarla.

     Ese día, Alex había vuelto de la Facultad irritado: los docentes estaban de paro, por lo cual, ni bien había llegado a Buenos Aires, tuvo que volver a subirse al tren, y, allí, aprovechar el tiempo dándose clase a sí mismo. Es que... si no estudiaba en el tren, no había dónde ni cuándo: la única manera en que podía costear sus estudios era trabajando medio turno en una escribanía. Así que, las seis horas de viaje diario (tres de ida y tres de vuelta) se habían convertido en su principal tiempo de estudio, y el tren, en su cuarto de lectura.

     Psicología! ¿Por qué él, hijo de metalúrgico, criado en un pueblo perdido en el Oeste, había ido a parar a una carrera así? Pero es que... no podría haber sido otra. Siempre haciéndose preguntas, sensible, introvertido, huraño y solitario, leyendo esos libros raros...

     Los libros a veces le dejaban la cabeza como panal de abejas caído de un árbol: sus pensamientos zumbaban, giraban, lo ensordecían con su agitada inquietud. Sus casi veinte años eran un hervidero de sentires. Y esas emociones pocas veces se dejaban domesticar: más parecían potros salvajes, imposibles de ser enlazados, y mucho menos de permitir ningún arnés. ¡Tantas veces se pescaba a sí mismo diciendo lo que no quería a quien no debía! De pronto se daba cuenta de lo que había hecho, de lo que había salido de su boca, se mordía la lengua... pero ya era tarde. Ya su dardo se había insertado en la yugular del contrincante, aguda y certeramente, allí donde más le doliera.

     A veces disfrutaba de tener esa habilidad verbal, pero las más de las veces el sabor final al derrotar a su oponente era más parecido al de las naranjas amargas. ¿Por qué no podía parar antes, al menos un instante antes?

     ¡Y es que... era como su padre! De él había heredado esa reactividad de relámpago, ese modo rápido y marcial de dejar al otro sin palabras. El solo pensar en lo parecidos que eran le fastidiaba. Cómo no iban a discutir! Pero, tengo que decirlo: cuando la discusión era con su padre, al ganar no le quedaba ese gusto amargo: derrotarlo con su dialéctica le hacía sentir cierto poder, cierta confianza en sí mismo y en su propia inteligencia.

     Bueno... al menos así había sido hasta hacía poco. Últimamente, algo extraño le estaba pasando: ganar la pulseada con su padre ya no le estaba resultado tan grato. Quizás porque estaba comenzando a verlo con otra mirada, y se daba cuenta de quién era su padre: un desconocido. Alguien a quien había dado por sentado: "Es mi papá". Sin embargo... ¿quién era? ¿Cómo era? ¿Qué pensaba cuando se quedaba en sus largos silencios? ¿Qué sentimientos pulsaban en su interior?

     Cuando Alex leía en sus apuntes de la Facultad sobre la figura del padre, buscaba encontrarlo retratado en las descripciones; de aquí y de allá iba rescatando porciones de su realidad, como quien arma un rompecabezas cuya figura final aún no es deducible.

     A escondidas de la Psicología oficial, Alex se sentía cautivado por otraPsicología: Herman Hesse, Krishnamurti, Aldous Huxley le hablaban de otras ideas: de la importancia de tener conciencia de sí, del darse cuenta, del hacerse cargo de quien se es, de convertir la propia vida en un apasionante experimento...

     Esas ideas trabajaban dentro suyo como el agua del río trabaja poco a poco la tierra de la costa. Algo le estaba sucediendo en lo íntimo de sí, pero aún no sabía qué.

     ¿Por qué estaba sintiendo esa insatisfacción al discutir con su padre, aunque le ganara? ¿Qué era eso? ¿El famoso Superyo del cual hablaba Freud? ¿Al fin y al cabo... culpa? ¿O algo más hondo aún, más de su alma, más propio del espíritu?

Lo cierto es que ese día sucedió: estaba, entonces, volviendo de la Facultad, cansado e irritado. Dejó en su habitación los libros, se lavó las manos, y se dispuso a cenar. Ya era tarde. Sin embargo, su padre y su madre aún estaban en la mesa. Se sentó como de costado, con su actitud habitual: extremadamente serio, metido para adentro como un caracol.

     Después de un rato de silencio, en el que sólo sonaban los cubiertos contra la loza, la voz de su padre se hizo escuchar:

     - ¿Se puede saber qué te pasa, que tenés esa cara?

     Alex levantó los ojos del plato, y vio que le miraba desafiante, con el ceño fruncido y el mentón hacia arriba.

     "Ahí empezamos otra vez", -se dijo Alex a sí mismo-. "No lo aguanto! 

     ¿Por qué no me deja tranquilo? ¿Por qué no se mete en sus cosas?..."

     Su padre detuvo el tenedor en el aire, como si fuera la batuta de un director de orquesta, acentuando con él cada sílaba de su consabida frase:

     - Te recuerdo que esto no es un hotel.

     Fue exactamente entonces que sucedió. Justo cuando se estaba encendiendo la mecha de su dinamita, Alex lo vio. Como si el tiempo se hubiera detenido, tomó conciencia súbitamente de toda la escena a la vez: se vio como desde afuera, sacando pecho y cargando aire como para lanzar un grito de respuesta; percibió los músculos de su propio cuello tensos como la cuerda de un arco a punto de dispararse; sintió el olor al guiso del invierno, con su dejo de orégano y laurel; escuchó afuera el ladrido nocturno de los perros; vio el rostro de su madre con su gesto angustioso, deseosa de que hubiera paz en la cena; todo eso percibió a la vez, y mucho más.

     Pero sobre todo, en ese instante, en ese simple e inolvidable instante,vio a su padre: sus manos magulladas por la viruta y las herramientas, su rostro apergaminado por múltiples calderas, la dureza de su gesto, incompatible con sus ojos aguados y azules, como de niño... Lo vio. Y vio que lo que su padre le estaba diciendo, -del único modo en que sabía hacerlo-, era algo así como: "¿Qué te pasa, hijo, que estás tan serio? Qué bueno que hoy cenes en casa. Pero... cómo nos gustaría verte más contento, que no estuvieras siempre tan ensimismado, tan triste... No sabemos cómo llegar a vos."

     Eso era lo que su padre le decía, pero sólo un traductor agudo y sensible podría haberlo entendido.

     Sí: estaba viendo a su padre tal cual era, como si una membrana se hubiera roto dejándolo pasar al otro lado de la realidad. Y al darse cuenta, hubiera querido cambiar su propia actitud iracunda... suspender su enojo, soltar los cubiertos y abrazarlo... pero tampoco él pudo. ¡Cuánto hubiera querido! Pero no pudo.

     Alex cerró los puños, abrió muy grandes sus ojos también azules y acuosos, y se levantó de la mesa, en silencio. Con paso rápido se fue a su cuarto. Cerró la puerta con un golpe seco, y se zambulló sobre su cama, boca abajo. Entonces lloró. Lloró no como un niño: lloró como un hombre. Por su mente pasaron escenas, lugares, momentos: su padre trabajando con las herramientas, y él, pequeño, chupándose el pulgar y mirando extasiado sus diestros movimientos; aquella vez en que papá no llegaba a casa, y él tenía miedo de que le hubiera pasado algo en la fábrica, hasta que por fin se escucharon por la vereda sus pasos vigorosos percutiendo el atardecer; la cantidad de veces en que a la madrugada, al irse a trabajar, su padre se acercaba despacito a su cama, creyéndolo dormido, y le dejaba un beso de aire (única ternura posible)...

     Y se dio cuenta de que estaba llorando de amor, lloraba de belleza. Y sintió ternura. Y piedad. Piedad, sí, piedad. Porque su padre no había tenido posibilidades de que alguien le enseñara, de comprender sus propias emociones, sus silencios, sus dificultades. De que alguien le ayudara a parir su ternura.

     Y Alex supo, inequívocamente, que si uno de los dos tenía que cambiar, ése era él. Porque él  había recibido las herramientas: el sostén, el apoyo, la posibilidad de aprender... Se dio cuenta de cuánto él esperaba de su padre, cuánto forcejeaba para que fuera diferente y, por hacerlo, desperdiciaba el disfrutar de lo que su padre  era: un hombre digno, un hombre bueno, un hombre lúcido y recto que se había hecho a sí mismo...

     Poco a poco sus pulmones fueron encontrando más espacio dentro de su pecho. Se irguió en toda su estatura, y sus pies dudaron: pensó en ir hacia la cocina y decirles, contarles a ellos lo que había comprendido. Pero no, no pudo. Quiso, de verdad, pero su amor propio aún no sabía doblar en ángulo recto...

     Se fue al baño, se lavó la cara, y, sigilosamente, salió por la puerta de calle. Sintió en las mejillas aún húmedas el frescor de la noche. A lo lejos, los perros seguían contándose sus novedades a la distancia. Poco a poco, la silueta de Alex se fue desdibujando en la oscuridad. Una paz desconocida, casi feliz, lo estaba inaugurando por dentro...

     Y les parecerá extraño, pero esa fue la última vez que Alex discutió con su padre: cuando uno ha comprendido a fondo, ya no puede descomprender. Sin embargo... en algo se había equivocado: no se sabe bien por qué, si por su propia actitud, o por las vueltas de la vida, pero lo cierto es que con el tiempo también su padre fue cambiando: se fue volviendo más calmo, más abierto, más blando, más íntimo...

     Todavía, cada tanto, es posible verlos juntos, en largas caminatas por las calles del pueblo, charlando de... no sé qué cosas, fundiendo sus dos sus siluetas, muy cercanas una a la otra, en lo oscuro de la noche...

Virginia Gawel 

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