Un nuevo amanecer: El fin de la codependencia, Jeff Foster




No puedes salvar a nadie. 

Puedes estar presente con ellos, ofrecer tu estabilidad, tu cordura, tu paz. Incluso puedes compartir tu camino con ellos, ofrecer tu punto de vista. 

Pero no puedes eliminar su dolor. No puedes recorrer el camino por ellos. No puedes ofrecer respuestas correctas, ni tampoco respuestas que no sean capaces de digerir en ese momento. Cada quien tiene que encontrar sus propias respuestas, plantear sus propias preguntas o bien, soltarlas, cada quien tiene que hacerse amigo de su propia incertidumbre. Cada quien tendrá que cometer sus propios errores, sentir sus propias tristezas, aprender sus propias lecciones. 

Si realmente quieren estar en paz, tendrán que confiar en el camino de sanación que se vaya revelando paso a paso. Pero tú no puedes sanarlos. No puedes ahuyentar su miedo, su ira, su sentido de impotencia. Tú no puedes salvarlos, o arreglarles las cosas. Si presionas demasiado, incluso podrían perder su tan singular camino. Tu camino podría no ser el de ellos. 

Tú no creaste su dolor. Pudiste haber hecho o dejado de hacer ciertas cosas, pudiste haber dicho o dejado de decir ciertas cosas, detonando el dolor que ya estaba dentro de ellos. Sin embargo tú no lo creaste, y no eres culpable, incluso si ellos dicen que así fue. Puedes asumir la responsabilidad de tus palabras y acciones, sí, y podrías lamentarte por un pasado, pero no puedes borrar ni cambiar lo que ya pasó, y no puedes controlar el futuro. Sólo puedes reunirte con ellos aquí y ahora, en tu único lugar de poder. Tú no eres responsable de su felicidad, y ellos no son responsables de la tuya. 

Tu felicidad no puede venir de fuera. Si es así, entonces se trata de una felicidad dependiente, una felicidad frágil que se convertirá en tristeza muy rápidamente. Y después te verás atrapado en una red de culpa, remordimiento y persecución. Tu felicidad está directamente relacionada con tu presencia, con tu conexión a tu aliento, a tu cuerpo, a la tierra. Tu felicidad no es pequeña, y no puede ser eliminada por el miedo o la ira, o a la más intensa de las vergüenzas. Tu felicidad no es un estado, o una experiencia pasajera, o incluso un sentimiento que los demás puedan darte. Tu felicidad es inmensa, siempre presente, es el espacio ilimitado del corazón, donde la alegría y la tristeza, la felicidad y el aburrimiento, la certeza y la duda, la soledad y la conexión, incluso el miedo y el deseo, pueden moverse como el clima, como la lluvia y el sol, todo acogido en la inmensidad del cielo. 

No puedes salvar a nadie, y no puedes ser salvado si buscas quién te salve. No hay ningún yo que salvar, ningún yo que perder, ningún yo que defender, ningún yo que hacer perfecto o perfectamente feliz. Deja ir cualquier ideal imposible. Tú eres hermoso en tu imperfección, escandalosamente perfecto en medio de tus dudas; amoroso, incluso en medio de tus sentimientos poco amorosos. Todas esas partes han sido dadas, todas son partes de la totalidad, y tú nunca fuiste menos que la totalidad. 

Estás respirando. Sabes que estás vivo. Tienes el derecho a existir, a sentir lo que sientes, a pensar lo que piensas. Tienes derecho a tu alegría y derecho a tus tristezas. Tienes derecho a dudar también. Tienes derecho a recorrer tu camino. Tienes derecho a estar en lo correcto, y derecho a equivocarte; tienes derecho a esta gigante felicidad que conociste cuando eras pequeño. Estás respirando, y eres inseparable de la fuerza de la vida que anima todas las cosas, que se conoce a sí misma como todos los seres, que se descubre a sí misma en cada momento de esta increíble y maravillosa existencia. 

Tu valía no está ligada a lo que los demás piensen de ti. Está ligada a la luna, a la infinita expansión del cosmos, a los cometas que son lanzados hacia destinos desconocidos, al olvido del tiempo y al amor a la soledad, y a esta inefable gratitud por cada nuevo amanecer, inesperado, dado. 

Jeff Foster
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