Vergüenza, Fanny Libertun


-¿Por qué estás bebiendo? -preguntó el pequeño príncipe.
-Para olvidar -replicó el bebedor-.
"¿Olvidar, que?"-preguntó el pequeño príncipe, que ya sentía pena por él-
"Olvidarme que estoy avergonzado", confesó el bebedor, cabizbajo.
-¿Vergüenza de qué? -insistió el pequeño príncipe, que quería ayudarlo.
-"¡Vergüenza de beber!"

- Antoine de Saint-Exupéry

La vergüenza esconde la verdad, entumece los sentimientos y no sirve para mucho, pero es comprensible y aceptable que la sintamos ya que somos seres sociales. El sentirnos avergonzados enuncia lo mucho que los demás nos importan, pero también nos aleja de ellos.

No hace falta ocultar que sentimos vergüenza ya que por sí mismo este acto la reforzaría, ese no es entonces un buen camino. Si pudiéramos saber que no somos tan importantes, que nuestro ego no necesita de la aprobación de nadie, probablemente sentiríamos menos vergüenza.

Sentir vergüenza tiene algunos costados positivos, para saber esto basta con observar lo bueno que sería que algunos se avergonzaran de sus actos, aunque jamás lo hacen. Como toda emoción nos dice cosas de nosotros mismos: que las cosas nos importan, que tenemos conciencia que hicimos mal, que no nos sentimos a gusto del todo con nosotros mismos y que necesitamos hacer cosas para estar mejor.

La vergüenza nace alrededor de los 5 años de edad y desde entonces hace que carguemos con muchos malos entendidos generados en nuestra natural dificultad para comprender la realidad en todas sus complejas variables. La alternativa no consiste en combatir la vergüenza para sentirnos bien, porque así estaríamos agregando pesos al ocultamiento que cargamos por su misma raíz.

El ser vergonzosos no es una marca de nacimiento indeleble, se puede trabajar para disminuirla ¿Qué si aceptamos lo que no estamos aceptando de nosotros sean cuales fueren nuestras fallas, errores, defectos, inadecuaciones y pecados? ¿Qué si de una vez aceptamos la verdad que enuncia que no somos perfectos, que jamás lo seremos y que a pesar de ellos somos absolutamente aceptables y queribles?

Fanny Libertun
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