El duelo del fin de una relación, Ascensión Belart


La ruptura de una relación es un proceso de muerte y cambio. Todo cambio indica que algo muere, todo lo que muere inicia un cambio, es el comienzo de otra etapa. Toda muerte es también una despedida, algo que concluye. Despedirse de alguien con quien manteníamos un vínculo, una relación, con quien habíamos vivido muchas experiencias comunes. Las despedidas pueden generar una sensación de pérdida irreparable, un inmenso vacío interior, una sensación de amputación de una parte de sí mismos, aunque para algunos puede representar una auténtica liberación.

El maestro de budismo tibetano Sogyal Rimpoché dice que «cuando el amor se ha perdido, lo que nos queda de él son los “recuerdos” del amor y las cicatrices del apego». Confundimos amor con apego. Nuestro sufrimiento procede no del amor sino del apego, de la no aceptación del cambio inherente a la vida. Cuando reconocemos que todo es impermanente y transitorio, que no hay nada duradero y que lo único que tenemos en realidad es el ahora, empezamos a ejercitar el desprendimiento como actitud vital y aprendemos a fluir con los acontecimientos, lo que nos conduce hacia la auténtica libertad.

Sea como sea, la ruptura de la relación nos coloca ante una nueva encrucijada, la que era nuestra vida hasta el momento se derrumba y uno tiene que seguir avanzando solo, con sentimientos que fluctúan entre la tristeza, la pena, la desolación y la incertidumbre a la rabia, el resentimiento, el dolor, el vacío y la culpa. Es bueno entregarse al dolor de verdad abrazándose literalmente y respirando en profundidad, es la mejor medicina y agiliza el proceso. Uno se encuentra cara a cara consigo mismo, tal vez uno se haya dejado de lado, se haya abandonado, no se conozca ni se reconozca. En verdad, el vacío que se siente es proporcional al grado de abandono de uno mismo.

Lo mejor es entregarse al proceso de duelo y fluir con las emociones y sentimientos que se van sucediendo, con la confianza interna de que se va a superar, de que vamos a va a salir adelante, y que traerá consigo un significativo crecimiento interior. Ese es el regalo implícito en la separación: brindar una buena oportunidad para empezar de nuevo. Hay cosas que se rompen y no tienen arreglo. Ciertamente, hay que intentar de todas las maneras posibles el entendimiento con la pareja. Ahora bien, cuando la relación se ha convertido en un desolado campo de batalla donde solo hay lugar para los juegos de poder, control y manipulación, cuando hay abusos, maltrato, descalificaciones e insultos, o un abismo entre los contrincantes, cuando el lazo de la dependencia se ha vuelto al menos para uno de los dos insoportable, es bueno que alguien tenga la lucidez y valentía de darse cuenta y reconocer que seguir juntos es pernicioso para todos y que la mejor decisión es separarse, decirse adiós.

En definitiva, el proceso de duelo permite exprimir los frutos de la experiencia, los dulces y los amargos, para integrarlos, algo que algunas personas no se permiten y evitan a toda costa, y de esta manera por un lado el dolor queda acumulado y por otra les impide experimentar un crecimiento interior.

La mayoría no tenemos patrones de relación sanos. Los seres humanos estamos en un momento de evolución transcendental, nos encaminamos hacia un nuevo estadio en el que a través de un proceso de individuación y de sanación, de crecimiento interior y concienciación individual estamos aprendiendo a amarnos, respetarnos y cuidarnos para amar, cuidar y respetar al otro. Es muy productivo aprovechar este tiempo para conocerse a sí mismo, hacerse cargo de las propias necesidades en lugar de transferírselas al otro, un tiempo para sanar las heridas de la infancia, para apreciar y valorar tanto la necesidad del propio espacio como de vinculación e intimidad con el otro. En definitiva, crecer de una buena vez y recuperar la individualidad. Y para ello, un proceso de separación es un escenario excepcional. Crecemos cuando sufrimos, no cuando disfrutamos.

"Tomo lo que me diste.
Fue un montón, y lo honraré y lo llevaré conmigo.
Aquello que yo te di, lo di a gusto y puedes quedártelo.
Por aquello que fue mal entre nosotros dos,
yo asumo mi parte de responsabilidad, y te dejo la tuya.
Y ahora te dejo en paz".

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